El canto: el verdadero movimiento del mundo, al menos el de Gloria.

Siempre he cantado en coros, desde niña. Dejé de cantar cuando conseguí trabajo hace 13 años, desde entonces no había pisado una coral polifónica ni nada similar.

Este curso en el instituto en el que trabajo, hay un coro de profesores, que voluntariamente ensayamos a la hora del recreo, y hacemos lo que podemos sin más afán que disfrutar de cantar juntos a voces, que es uno de los mayores placeres que existen en el mundo, especialmente para las personas amantes de la música. Nos encanta juntarnos a la hora del recreo para cantar. Es realmente ilusionante conseguir un grupo que tenga esta misma afición, ya que es de las pocas cosas que no se puede hacer sólo. Se necesita más gente que quiera cantar contigo, para poder hacer polifonía, y esto no es tan sencillo.

Pues bien, yo en cuanto me enteré de la existencia de ese coro en mi instituto me apunté. La principal razón es que no me quita tiempo de la tarde.

Pero la semana pasada tuvimos un ensayo por la tarde, ya que tenemos un par de recitales informales, pero era necesario un ensayo extra para aprender bien algunas partituras todos juntos.

Tuve que llevar a Gloria al ensayo por 20 minutos, tiempo en el que mi marido recogía de otra actividad a mi hijo .Nuestras tardes son de todo menos tranquilas, entre las terapias de Gloria y las actividades de Diego, y nuestras reuniones de trabajo.

Iba temblando porque no sabía cómo iba a reaccionar la niña. Pero no me quedaba otra opción.

Llegamos y ya estaban ensayando, cantando los hombres (somos un coro pequeñito de unos 15 componentes). Al abrir la puerta se quedó asombrada, y no quería entrar claro.

Yo la cogí de la mano y le dije que era una clase de música para mayores, que papá la recogería enseguida y que sólo teníamos que sentarnos en un pupitre al fondo.

Y nos sentamos las dos juntas al final del aula de ensayo.

El director se dirigió a las mujeres de voz Contralto, y dijo "ahora repasamos las mujeres", pero yo como soy soprano no me levanté.
Gloria me miró y me dijo: mamá tu eres una mujer. Era su manera de expresar su extrañeza porque yo no cantara, cuando había dicho que cantaban las mujeres.

Le enseñé las partituras y le señalaba con el dedo por dónde iban cantando cada voz. Le resultó fascinante entender que lo que cantaba tenía un dibujo, unas notas y una letra. Me pedía que le siguiera mostrando los pentagramas a medida que avanzaba la partitura.

Luego me llegó el turno a mi. Me levanté y fuí a cantar, temblando y sin saber qué estaba haciendo ella detrás.

Cuando terminamos, atravesó el semicírculo de coralistas, y se puso en medio, me miró y me dijo: Muy Bien mámá lo has hecho muy bien.

Casi nos morimos de risa.

Después añadió: ahora quiero cantar yo.

Le tuve que explicar que no, que sólo cantaban los mayores, que ella ya había cantado en su clase de música, y que esta era para mayores.

Pronto el director dijo: Ahora cantan los hombres. Entonces fue cuando Gloria recordó que su padre no estaba allí cantando, y sorprendida me dijo, Papá es un hombre , ¿por qué no canta?.

Por fin, tras repasar todas las voces por separado, procedimos a juntar la pieza todos conjuntamente.

El efecto sonoro en directo es hermoso, y teníais que haber visto la cara asombrada de Gloria.

Se acercó poco a poco y se colocó a mi lado, sacando su cabeza por debajo de mi partitura y mirando asombrada mi boca, al igual que al resto del coro, como pensando ¿qué están haciendo? o simplemente observando cómo se hace la música coral.

Llegó la hora de irse, y se fue con su padre, mientras yo todavía estuve un rato más ensayando.

Creo que Gloria tiene una sensibilidad especial hacia la música. Es algo que la atrae de forma innata, no hacemos ningún esfuerzo por procurar que le guste, nace en ella de forma espontánea.

La mayoría de los niños en un ensayo de coro, se aburren, tengan o no autismo. Yo iba preparada para tener que pasarme un rato fuera de la habitación hasta que llegara mi marido, y me encontré con una niña disfrutando al máximo de la experiencia coral. Seguía embobada las voces, los sonidos, y entendía que lo que primero cantábamos uno a uno, después sonaba todo a la vez, formando esa sensación armónica, polifónica que llena y tanto hace disfrutar al que canta como al que escucha.

Me acordé de esta cita famosa de Muriel Barbery, cuando Paloma la niña protagonista del libro "la elegancia del erizo" cuenta lo que siente cuando canta en el coro de su colegio:


"... Cada vez que ocurre, es como un milagro. Toda la gente, todas las preocupaciones, todos los odios y todos los deseos, todas las angustias, todo el año de colegio con sus vulgaridades, sus acontecimientos menores y mayores, sus profesores, sus alumnos abigarrados, toda esa vida en la que nos arrastramos, hecha de gritos y de lágimas, de risas, de luchas, de rupturas, de esperanzas frustradas y de suertes inesperadas: todo desaparece de pronto cuando el coro empieza a cantar. El curso de la vida se ahoga en el canto, de golpe hay una impresión de fraternidad, de solidaridad profunda, de amor incluso, que diluye la fealdad cotidiana en una comunión perfecta. Hasta los rostros de los cantantes se transfiguran: ya no veo a Achille Grand-Fernet (que tiene una bellísima voz de tenor), ni a Déborah Lemeur, ni a Ségolène Rachet, ni a Charles Saint-Sauveaur. Veo seres humanos que se entregan en el canto.
Cada vez ocurre lo mismo, siento ganas de llorar, tengo un nudo en la garganta y hago todo lo posible por dominarme, pero a veces, me resulta muy difícil: apenas puedo reprimir los sollozos. Entonces, cuando cantan en canon, miro al suelo porque es demasiada emoción a la vez: es demasiado hermoso, demasiado solidario, demasiado maravillosamente en comunión. Dejo de ser yo misma, paso a ser parte de un todo sublime al cual pertenecen también los demás, y en esos momentos me pregunto siempre por qué no es la norma de la vida cotidiana en lugar de ser un momento excepcional.
Cuando la música enmudece, todo el mundo aclama, con el rostro iluminado, a los integrantes del coro, radiantes. Es tan hermoso.
A fin de cuentas me pregunto si el verdadero movimiento del mundo no es el canto."
("La elegancia del erizo" de Muriel Barbery)

Yo pienso que en Gloria y en mi, esta cita tiene algo de cierto. Una de las cosas más valiosas que hay en esta vida, es la música vocal y especialmente la coral.

Y aprovecho para felicitaros la Navidad con este video, que a Gloria también le encanta y que resume mucho de lo dicho aquí en esta entrada:




1 comentarios:

Me ha gustado muchísmo esta entrada Eva.
Gloria ya apunta maneras que en los videos donde sale cantando aunque no pronuncie bien como sigue la melodía.
UN beso